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un estudio sobre adán coprovich

metamorfosis

metamorfosis

De tanto en tanto la muerte y yo somos uno

Comemos el pan de la misma rebanada

Bebemos el vino de la misma copa

Y compartimos amistosamente las horas

Sin decir nada, leyendo el mismo libro.

 

De tanto en tanto la muerte, mi muerte,

Se me presenta cuando estoy solo en casa,

Entonces hablamos tranquilamente

De lo que pasa en el mundo y de las muchachas

Que ya no podré tener. Tranquilamente

Hablamos, la muerte y yo, de estas cosas.

 

De tanto en tanto, sólo de tanto en tanto,

Es la muerte quien escribe mis poemas

Y me los lee mientras yo hago de muerto

Y le escucho en silencio, que es tal como yo quiero

Que me escuche la muerte cuando leo.

 

De tanto en tanto la muerte y yo somos uno.

Mi muerte y yo somos uno y el tiempo

Se deshoja lentamente y lo compartimos,

La muerte y yo, sin alharacas,

Dignamente, como si dijésemos.

 

Después todo vuelve a su lugar

Y cada cual reemprende su camino. (1)

 

(1) Poema de Miquel Marti i Pol.

hablo de lo que no se dice

hablo de lo que no se dice

Siempre fui el marimbero, el boxeador,

el titiritero, el mendigo.

Nunca supe la línea perfecta

entre la razón y la duda. Pecados cometí

en la soledad de mi sangre. Crímenes

contra la sombra, gritos sobre el aire.

Siempre fui el equilibrista

hasta que me di de culo contra el suelo.

No pude subir a tiempo al espectáculo.

Me cesaron. Desde entonces escribo con palabras

sucias, contaminadas de cantina, de sombras,

de madrugadas abandonadas en el quicio

de alguna iglesia solitaria. Siempre fui

eso que me tocaba ser: el equilibrista

temblando ante la cuerda, el domador

adentro de las fauces. Estuve en la escuela

y nunca aprendí nada, cuando no fuera

el color de las montañas, el nombre exacto

de esos ríos que no veré nunca. Se acabó la fiesta.

Y sigo golpeando la piñata, los ojos vendados,

alentado sólo por el gozo de algunos amigos imprevistos. (1)

 

(1) Poema de Alfonso Chase.

qué hacer con el caos II. Recursividad y fractales

qué hacer con el caos II. Recursividad y fractales

¿Pondré al menos mis tierras en orden?

T. S. Eliot, La tierra baldía.

 

Añadamos a los juegos literarios rescatados por el Posmodernidad, esto que vamos a llamar “literatura fractal”, es decir, todo aquel escrito que manifiesta propiedades similares a las de los objetos fractales. Estructuralmente encontraremos que la “fractalidad” literaria nos lleva a la recursividad, es decir, a que sus elementos hagan referencia a sí mismos de forma circular, infinita. Concretando, para entender la recursividad hay que entender la recursividad. Este procedimiento que también podemos entender ad absurdum lleva implícito la autoironía, la metaliteratura, etc; ingredientes todos ellos posmodernos, que en cierto sentido suponen una “negación del arte”, al menos una negación del arte tal como se entendía hasta la Modernidad. ¿No pintó Duchamp bigotes a la Gioconda? Pues eso:

 

Aquí la cuestión que se suscita es: ¿qué sucede con la objetualidad (objecthood) tal y como es proyectada e hipostasiada por los literalistas, de modo que se convierte (...) en antiestética con relación al arte? La respuesta que quiero proporcionar es esta: la asunción literalista de la objetualidad sólo conduce a una disputa por un nuevo género de teatro; y el teatro es ahora la negación del arte. La sensibilidad literalista es teatralizada porque, para empezar, está relacionada con las circunstancias concretas en las que el espectador encuentra el trabajo literalista. En términos más generales, la presencia del arte literalista, que Greenberg fue el primero en analizar, es básicamente la de una cualidad o efecto teatral: una especie de presencia de escenario.[1]

 

Es cierto que la Posmodernidad, heredera como es del Círculo de Viena y del estructuralismo, en cierta manera objetualiza sus elementos, por eso uno de sus recursos más usados es el collage: el collage de elementos distintos (pintura y vídeo, por ejemplo), collage de sintaxis, collage de significados. Recordemos esta cita de Heidegger: Es el viento que oímos aullar en la chimenea, es el avión trimotor el que produce ese ruido allá arriba, es el Mercedes que inmediatamente distinguimos de un Adler. Las cosas mismas nos son mucho más próximas que todas las sensaciones.

La mezcla de “arte mayor” y “arte menor”, de metafísica y escatología[2]... La mezcla representante de un caos existencial donde los grandes almacenes nos proporcionan nuestro propio sueño de los tiempos míticos (Eric R. Wolf), no podía dejar de atacar la noción judeo-cristiana del tiempo, es decir, la linealidad temporal. Por influencias orientalistas, pero con un sentido más bizarro, lúdico o dadaísta, con una intención provocadora al llevar la circularidad temporal ad absurdum, hasta el eterno retorno (Nietzsche) del no progreso, es decir, del proclamado “fin de la historia”. Veremos cómo entendía Coprovich esta cuestión, pues para él la circularidad, como suele pasar en su obra, es a la vez síntoma de un tiempo que es una farsa, y de un tiempo más allá del tiempo. Sin embargo, para introducir aquí este concepto de recursividad prefiero utilizar ejemplos ajenos a Coprovich.


Empezaremos por la recursividad más simple: la tautología. Una tautología es una definición que se contiene a sí misma, pero sin aportar nada de información. “Fútbol es fútbol”. La tautología poética más influyente sigue siendo Una rosa es una rosa es una rosa de Gertrude Stein, donde se intenta explicar el hecho de que las cosas son lo que son (y que suponía una crítica literaria contra el oscurantismo vacuo[3]).

También hay innumerables ejemplos de historias o sucesos cíclicos en la cultura literaria de todo el planeta. Una de las más clásicas y repetidas es la del viajero que encuentra a un guarda en medio del camino. Éste le explica que sólo puede partir si un viajero toma su lugar. El cuento acaba, de manera previsible, cuando ambos intercambian sus papeles, hasta que llegue el próximo viajero. Estas historias son fractales, si bien menos en su estructura que en su significado. Igual sucede en el siguiente poema, que se repite varias veces, dando a entender que es infinito:

Por supuesto que te quiero:

tengamos un hijo

que haga y diga

lo mismo que nosotros.[4]

 

Dentro de esta categoría de relatos podemos incluir muchos de los trabajos de Samuel Beckett. Tras elaborar un párrafo en el que describe un objeto o una acción, vuelve a repetirlo innumerables veces con pequeñas variaciones que añaden información. Estas variaciones consisten en la inclusión, alternancia, adición y eliminación de palabras y/o frases; y parece seguir patrones musicales, lógicos o matemáticos, muchos de los cuales son a su vez de naturaleza cíclica. El efecto final es hipnótico, o desasosegante, como ocurre en Esperando a Godot o en su relato Los Despobladores.

 

Por otra parte encontramos las estructuras de matriuskas o de las cajas chinas, aquellas que encajan unas dentro de otras. Uno de los ejemplos más conocidos es La historia interminable de Michael Ende. La princesa de Fantasía, desesperada, asiste a la lectura del propio libro del que forma parte, para encontrarse de nuevo dentro del libro, leyéndose a sí misma interminablemente hasta que alguien pueda detener el proceso. ¿Quién no se percató de que la portada del libro es, ni más ni menos, un ouroboro, la serpiente que se devora a sí misma?

Un autor que emplea muchísimo este recurso es Harry Stephen Keeler, autor de novelas baratas pero de una originalidad estructural fuera de serie. Su recurso principal consistía en el relato dentro del relato, hoy muy imitado. Keeler era consciente de lo que hacía y llamó a su estilo webwork[5]. Antes de escribir cada novela, dibujaba un árbol de tramas y encajaba sus ocurrencias de tal manera que pudiera desarrollar un argumento general que las hilara a todas. A Keeler se le llamó el Ed Wood de las novelas de misterio.

Un ejemplo tonto es el cuento de María Sarmiento, que a muchos nos lo contaba nuestra madre infinidad de veces, hasta caer derrotados de fatiga. Y otra tontería de fractal literario perfecto sería:

Ella sabía que yo lo sabía.

Yo sabía que ella sabía que yo lo sabía.

Ella sabía que yo sabía que ella sabía que yo lo sabía.

Yo sabía que ella sabía que yo sabía que ella sabía que yo lo sabía. Etcétera.

 

En los últimos años son frecuentes los libros de ficción científica que tratan los fractales, como en la pésima novela El espectro del Titanic de Arthur C. Clarke, donde el Conjunto de Mandelbrot es el protagonista. Sin embargo, hay un caso más interesante: Empotrados de Ian Watson. Tiene este libro un argumento bastante retorcido centrado en la idea de “lenguajes empotrados”, en los que los conceptos se encajan unos dentro de otros de manera recursiva.

Pero caso aparte merece el genio de Stanislaw Lem (a quien precisamente Coprovich dedicó un poema, haciendo hincapié en la integridad moral del escritor). Lem, en su libro de “prólogos imaginarios” (género inventado por él, y de evidentes tintes posmodernos y/o borgianos) titulado Un valor imaginario, hay varios falsos ensayos centrados en el desarrollo de lenguajes artificiales[6] creados por máquinas del futuro (¿quieren más Marinetti?), relatados de manera retrospectiva. Aquí Lem, con ironía, habla de “metalenguajes de nivel n”, especificando que la frase “Xi.n.e.s (a-ququ 0,0 2(pi-t.0)-(2cu-fi-t.0)” es en principio, intraducible a lenguas étnicas o formalismos de tipo matemático o lógico. Obsérvese que Lem escribió esto en 1973, dos años antes que Los Objetos Fractales de Benoit Mandelbrot. Y Lem también gusta de la recursividad en otros relatos, como por ejemplo, cuando habla de una maquinita que construyó una máquina que construyó una maquinota que construyó una maquinaria (del libro Ciberiada[7]).

 

La recursividad en la literatura religiosa

En muchos libros sagrados de distintas culturas abundan las referencias recursivas, casi siempre con la intención de reflejar lo divino y lo trascendente. Ciertamente, una de las características más peculiares de los objetos fractales es la de insinuarnos lo infinito a través de lo innumerable. Esta idea era compartida por Coprovich, que veía en lo fractal una oportunidad de llegar al “tiempo más allá del tiempo”.

Un procedimiento recursivo es el utilizado en la famosa leyenda hebrea del pastor que enseñó a jugar al ajedrez a un rey, y que pidió a éste que le pagara en agradecimiento tantos granos de arroz como resultaran de ir doblando la cantidad por cada casilla del tablero, comenzando por solamente uno. Aquí, sin embargo, se llegaría a un final. Mejor aún, y más conocido si cabe, es el que nos propone el viejo Zenón de Elea en su paradoja de la liebre y la tortuga.

En la Biblia abundan las referencias de este tipo:

Entonces se acercó Pedro y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces ha de pecar contra mí mi hermano y he de perdonarle yo?”. Jesús le contestó: “No te digo siete veces, sino setenta veces siete” (Mateo 18:21-22).

Y vi y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono y de las criaturas vivientes y de los ancianos, y el número de ellos era miríadas de miríadas y millares de millares (Revelación 5:11).[8]

 

En la literatura hindú, donde la circularidad tiene carácter cosmológico, nos encontramos párrafos como el siguiente, perteneciente al Sutra Avatamsaka, libro sagrado del budismo Mahayana y cuyo origen es previo al cristianismo (de hecho, la leyenda lo atribuye al mismo Siddharta Gautama, el Buda):

En el cielo de Indra, se dice que hay una red de perlas, de tal forma ordenadas que si miras una ves todas las demás reflejadas en ella. Del mismo modo, cada objeto del mundo no lo es en sí mismo meramente, sino que incluye a todos los demás objetos y de hecho es todo lo demás. En cada partícula de polvo se encuentran presentes Budas sin número.(...)

La Torre es tan ancha y espaciosa como el mismo cielo. El suelo está pavimentado con innumerables piedras preciosas de todas clases, y dentro de la Torre hay innumerables palacios, pórticos, ventanas, escaleras, barandillas y pasadizos, todos hechos de las mismas clases de piedras preciosas. (...)

Y dentro de esa Torre, espaciosa e infinitamente adornada, hay también cientos de miles de torres, cada una de las cuales está tan exquisitamente adornada como la Torre principal misma y tan espaciosa como el cielo. Y todas estas torres, más allá de lo que en número podría calcularse, no se molestan en absoluto unas a otras; cada una preserva su existencia individual en perfecta armonía con todo el resto; no hay aquí nada que impida a una torre estar fusionada con todas las demás individual y colectivamente; hay un estado de perfecta entremezcla y, sin embargo, de perfecta ordenación. Sudhana, el joven peregrino, se ve él mismo en todas las torres y en cada una de ellas, donde todo está contenido en una y cada una que contiene todo.

 

Asimismo, otro libro sagrado, en este caso chino, donde la recursividad juega un papel importante es el I Ching, clásico taoísta que hunde sus raíces en la prehistoria. Este libro contiene una compleja estructura cerrada de tipo matemático donde los significados se modulan y modifican continuamente unos a otros y donde son posibles complejas operaciones lógicas y simbólicas, la mayoría recursivas. No es de extrañar que Lezama Lima, por citar un caso principal, se dejase perder en sus laberintos, y escribiese confesamente bajo la sombra del pájaro Pong.

Sin embargo, hay algunos filósofos que también se han visto envueltos en las redes de la recursividad. Podría ser el caso de Leibniz (siglo XVII), en cuya Monadología se expresa así:

Cada porción de materia puede concebirse como un jardín lleno de plantas y como un estanque lleno de peces. Pero cada rama de la planta, cada miembro del animal, cada gota de sus humores, es también ese jardín o ese estanque.

 

Por último, podríamos entender la recursividad como una retroalimentación constante en la que participa el lector, haciéndose referencia a sí misma, donde las ideas, situaciones y conceptos se encajan unos dentro de otros reforzándose, matizándose y variando en patrones cada vez más complejos, de manera inagotable, en cada lectura. Puedes repasar las entradas aulós e hilo hermético. La recursividad literaria más fundamental es la que se da entre el lector y la obra. Una fuente de lecturas siempre diferentes de algún modo, pero un mismo patrón (el texto) es lo que da a una obra su profundidad, su adaptación, su belleza; especialmente cuando hablamos de poesía. Octavio Paz, que mucho sabía de esto, en un pequeño ensayo titulado La mirada anterior, recoge esta idea (fundamental idea que no nos cansamos de repetir), con la cual nos despedimos:

 Una obra que dura –lo que llamamos un clásico- es una obra que no cesa de producir nuevos significados. Las grandes obras se reproducen a sí mismas en sus distintos lectores y así cambian continuamente. De su capacidad de autoproducción se sigue la pluralidad de significados y de ésta la multiplicidad de lecturas. Sólo hay una manera de leer las últimas noticias del diario, pero hay muchas de leer a Cervantes.



[1] Michael Fried, Art and objecthood, Artforum, 1967.

[2] Que viene del Romanticismo. Véase Artaud o el grupo Pánico. Todo tiene cabida. Todo tiene importancia. Todo está en relación.

[3] Coprovich le contestará con aquel ya nunca una rosa será sólo una rosa, que tanta burla provocó.

[4] Inserto en la novela Galápagos de Kurt Vonnegut Jr.

[5] Véase la coincidencia con muchos de los juegos literarios que nos proponen desde internet.

[6] Los lenguajes artificiales han sido de gran interés en la Posmodernidad, ya sea como reedición de la idea de lingua universalis, de torre de Babel, de fonetismo o de burla semiótica.

[7] Todo poeta debería leer su relato “El electrobardo de Trurl”, en el libro citado.

[8] Entiéndase que el lenguaje en el que se escribió la mayor parte de la Biblia pertenece a un pueblo de pastores donde no hay apenas conceptos abstractos. Se puede alegar por tanto que estas referencias recursivas en la Biblia son más propias de carencias del idioma que de lo que pretende expresar. De hecho, cuando la Biblia habla de “doce veces doce mil” en realidad se refiere a “lo mucho”, según se suele entender.

(9) Agradezco el texto base al estudio de Alberto Viñuela.

 

hilo hermético

hilo hermético

...y a mis compañeras hermosos cantos

cantaré yo ahora para alegrarlas...

Safo.

 

Hay dos Hermes en la Historia, ambos relacionados de algún modo, y ambos importantes y constantemente citados en la producción poética de Coprovich. Uno es referido por la mitología griega. Otro es el mítico autor del Corpus hermeticum. Hoy se sabe que el Corpus hermeticum data del siglo III, pero antiguamente se atribuía su autoría al mismísimo Hermes Trimegisto, el sabio africano contemporáneo del sabio Moisés en la corte de Akenatón (si no el mismo Moisés en su vertiente esotérica, tal y como defendía el gnosticismo judío, y Pico della Mirandola). Este sabio Hermes, se dice, fue el maestro de Orfeo (la música), el cual trasmitió sus enseñanzas a Pitágoras (el metro) y éste a Sócrates y Platón (el pensamiento). El texto fue rescatado en el Renacimiento, especialmente admirado por el neoplatonismo florentino, esa escuela de amigos poetas, músicos, pintores y filósofos que se reunían en la Academia de Careggi, y cuyo lema, bien plasmado en su puerta, rezaba:

A bono in bonum omnia diriguntur. Laetus in praesens neque census extimes, neque appetas dignitatem, fuge excessum, fuge negotia, laetus in praesens.[1]

Pico della Mirandola atestigua la impronta del Corpus en el manifiesto fundacional del Renacimiento: me refiero, por supuesto, a la Oración por la dignidad del hombre (1484) y que empieza así:

He leído en los antiguos escritos de los árabes, padres venerados, que Abdala el sarraceno interrogado acerca de cuál era a sus ojos el espectáculo más maravilloso en esta escena del mundo, había respondido que nada veía más espléndido que el hombre. Con esta afirmación coincide con aquella famosa de Hermes: “Gran milagro, oh Asclepio, es el hombre”.

Tenemos entonces un sabio antiguo cuyas enseñanzas se tridividían en música, metro (matemática) y pensamiento, su apodo de Trimegisto (“tres veces grande”) hacía, para Coprovich, justicia a estos tres brazos (musicalidad, medición e idea), y era la razón de que en el universo coprovichiano Hermes Trimegisto simbolizase la Poesía, además, por supuesto, de su carácter esotérico, mágico y “blindado” (“hermético” al modo que ya hemos explicado en otro sitio: no por oscuridad, sino por el requerimiento de iniciación que supone acceder a sus más recónditos secretos, como si de un criptex se tratara).

 

Pero la poesía, ya lo  hemos dicho, no sería nada sin el vínculo con el lector. Es el lector quien le da su cierre, su final de sentido. Por usar, ya que estamos, un término esotérico, la poesía sería para Coprovich un “ungüento de simpatía” [2]. La Poesía, por tanto, es inaprensible como un símbolo.

El poema, sin embargo, no puede dejar de tener una forma. No sólo eso, sino que el poema parte siempre de la carne, de la sensualidad, de la egoicidad, porque el poeta no puede escapar de sí o de su cuerpo, es decir, es tan persona como los demás. Pero de ahí se parte o se insinúa, se “orilla el límite” (Trías) o más allá. Ese es su objetivo y es capaz de ello, porque es tan persona como los demás. La poesía viene de la carne, sí, de la carne que se hace metafísica, como decía Quine: La ontología –cuando llega- es una generalización de la somatología.[3]  Es una cuestión de « sobrepasarse » a sí mismo y llegar a la otra cosa que no es ya uno, sino que está ahí (llámese Belleza, Verdad, Realidad, etcétera) eternamente, platónicamente. Un no-mundo visualizado de forma efímera, cuya llave es el poema. Y ese no-mundo es el objeto del poema (entendido « objeto » como tema y finalidad) :

 

Precisamente en una cuestión fundamental de filosofía del arte Goethe se opone a Schiller. Así, por ejemplo, en una carta del 19 de octubre de 1794, Goethe escribe a este último: “Cuando afirmas que hay incompatibilidad entre delimitación precisa y belleza, etc., es como si me hablaras por medio de enigmas.” Goethe se refiere aquí a la schilleriana concepción del “estado estético” como “simple indeterminación”, concepción que ya hemos visto, expresada con otros términos, en el “arte-juego”, en la “ironía”, en la “destrucción del principio de contradicción” (véase Humboldt y Novalis), todas las fórmulas románticas de la belleza como unidad mística (indistinta, suprarracional) de los opuestos, sólo captable, desde luego, por medio del “sentimiento” o de la “imaginación”, etc. (...) Sobre este vivísimo sentido clásico del límite, de la forma y, por tanto, de la “precisión” o claridad (intelectual) del fantasma artístico se funda (y no podía ser de otra manera) la poética del realismo goethiano. Poética bien conocida por su formulación de la poesía como “poesía ocasional” (1830), es decir, ocasionada por la realidad, y como “realidad idealizada” (1808), etcétera, pero menos conocida por la instancia (implícita) de que “toda poesía debe ser, aunque inadvertidamente, instructiva”, “debe llamar la atención del hombre hacia aquello que vale la pena saber”, porque “el hombre puede sacar de ella una enseñanza [die Lehre] lo mismo que de la vida”; mientras que, por otra parte, “la poesía didáctica o académica [schulmeisterliche] ha sido y sigue siendo algo intermedio entre poesía y retórica”(1827). En otros términos: una poética del objeto, de la objetividad, polémicamente contrapuesta a la poética romántica del sujeto, de la subjetividad infinita (la “ironía”, etc.). “La subjetividad –dice Goethe- es la enfermedad general de nuestro tiempo”(1826-1830).[4]

 

¿Qué tiene esto que ver con Hermes? Bien, Hermes, el Hermes mitológico, es para Coprovich el poeta, cuya función epistemológica es intentar llevar a los humanos-lectores al monte del Olimpo (o a tierras de no-mundo, pues como decía Ángel Crespo, el Olimpo está en todos los montes), del terreno de nuestra realidad contingente y opresora a las lindes libertarias de la Poesía. Así de sencillo. El poeta-Hermes es el conductor, no es la poesía ni tampoco el creador (porque hemos dicho que la creación se hace en la recepción, en la cabeza del lector); el poeta planta la semilla. Entre otras consecuencias de esta concepción poética encontramos una a la que a menudo nos referiremos: para un mismo poema (físico) hay tantas poesías (ideales) como lectores. Tal vez a esto, y a nada más, se refería Láutreamont cuando escribió:

 

La poesía está hecha por todos, no por uno.

 


[1] Todas las cosas son dirigidas por el bien hacia el bien. Feliz en el presente, no estimes los bienes, ni desees dignidades, huye de los excesos, huye de los negocios, feliz en el presente.

[2]  Robert Fludd (1535 – 1637) praticaba la sanación a distancia mediante un sistema descrito anteriormente por Paracelso y que Fludd denomina en sus tratados el ungüento de simpatía. Este método era usado por varios médicos rosacruces de la época, especialmente Jan Baptist van Helmont y Kenelm Digby. 

[3] W. O. Quine, « Las raíces de la referencia », Revista de Occidente, Madrid, 1977.

[4] G. della Volpe, Historia del gusto, Visor Dis. – Ed. Antonio Machado, Madrid, 1987, pp. 77-78.

deseo

deseo

Me desvisto, me desnudo, me deslío, me deshago,

me desgrito, me descallo,

me desquiero, me desamo.

Me juego a desganar,

a no tener premio,

 a no tener ego,

a no tener. A tenerte.

¿A qué juego?

A la vida.

No te pongas tan serio.

Te propongo pasar este invierno desjugándonos.

Te destino, te descaro, te deshuyo, te destapo.

Te desando. Te despierto.

Te desbeso.  Te desbailo.

 

Te deseo. (1)

 

(1) Poema de Cristina Peregrina; otro ejemplo de relación entre poesía y escena, que genera desde su editorial y grupo de teatro Los Hedonistas, con quien Coprovich tuvo bastante amistad.

el primer tercio

el primer tercio

La impronta de la poesía oral dejó su huella en Coprovich, no sólo en cuanto a sus propias propuestas spoken o polipoéticas, sino también es su traslación a papel. La idea era provocar en el lector la misma impresión que en el oyente, la sonoridad fue siempre imprescindible para él. La palabra poética debía ser sonora porque es conjurable, porque es su vibración lo que influye en la realidad, como decía El Chojín. Sin duda esto se evidencia con mayor claridad en la poesía fonética, como puede verse en el poema radiofónico Para acabar con el juicio de Dios de Artaud, en Saul Williams y sobre todo en la poesía fonética de la Ursonate de Schwitters (1).

El mejor ejemplo de poesía fonética que he encontrado en la actualidad de nuestro país pertenece al libro Hojas de lechuga de Alfonso García Lomas, que fue accésit del Certamen de Jóvenes Creadores de la Comunidad de Madrid, 2007. El autor nos presenta un poemario que es básicamente insulso y vanal, un intento de poesía sucia tan común en la poesía madrileña de ahora; pero esconde una perla, el poema El primer tercio, donde conjuga la poesía fonética con una sustancial intencionalidad (pues se trata de nombres de medicamentos), creando un poema de "foneticidad dirigida", que fue siempre tan del gusto de Coprovich. A continuación se lo presento, para que juzgue usted mismo:

Urbason protovit nutracel

dalacín pirafren flixonás

halibut clamoxil claral.

 

Vasoconstrictor

antiácido angileptol

omeprazol fisiológico complex

aero-red.

 

Anso

feldene

ketoprofen.

 

Isdinium

ruscús  bronquial

 

laxatin  fortasec

 

pankreoflat.

 

(1) Pueden ver ejemplos de cada uno en este mismo estudio.

la búsqueda de la fecalidad

la búsqueda de la fecalidad

Allí donde huele a mierda

huele a ser.

El hombre muy bien habría podido no cagar,

no abrir el bolsillo anal,

pero eligió cagar

como habría escogido vivir

en lugar de consentir vivir muerto.

 

Pues para no hacer caca

habría tenido que consentir

no ser,

pero no pudo decidirse a perder el ser,

es decir, a morir viviendo.

 

Hay en el ser

algo particularmente tentador para el hombre,

y ese algo es precisamente LA CACA.

(Aquí rugidos.)

 

Para existir basta con dejarse ir a ser,

pero para vivir

hay que ser alguien,

para ser alguien

hay que tener un HUESO,

no tener miedo a mostrar el hueso,

y perder la carne al pasar.

 

El hombre siempre ha preferido la carne

a la tierra de los huesos.

No había más que tierra y bosques de huesos,

y tuvo que ganarse su carne,

no había más que hierro y fuego

y no mierda,

y el hombre tuvo miedo a perder la mierda

o más bien deseó la mierda

y, para eso, sacrificó la sangre.

 

Para tener la mieda,

es decir la carne,

allí donde no había más que sangre

y chatarra de osamentas

y donde no tenía que ganar ser

pero donde no tenía que perder más que la vida.

 

o reche modo

to edire

di za

tau dari

do padera coco

 

El hombre se retiró y huyó.

 

Entonces lo devoraron los animales.

 

No fue una violación,

él se prestó a la obscena comida.

 

Le encontró gusto,

aprendió por sí mismo

a hacer el bestia

y a comer rata

delicadamente.

 

¿Y de dónde viene esa abyección de suciedad?

 

¿De que el mundo sigue sin estar constituido,

o de que el hombre sólo tiene una pequeña idea del mundo

y quiere conservarla eternamente?

 

Viene de que el hombre,

un buen día,

detuvo

           la idea del mundo.

 

Dos rutas se ofrecían a él:

la del infinito fuera,

lo de lo ínfimo dentro.

 

Escogió lo ínfimo dentro.

Allí donde basta con exprimir

la rata,

la lengua,

el ano

o el glande.

 

Y dios, dios mismo aceleró el movimiento.

 

¿Dios es un ser?

Si lo es, es la mierda.

Si no lo es,

no es.

Y no es,

pero como el vacío que avanza con todas sus formas

cuya representación más perfecta

es la marca de un incalculable grupo de ladillas.

 

"Está usted loco, señor Artaud, ¿y la misa?"

 

Reniego del bautismo y de la misa.

No hay acto humano

que, en el plano erótico interno,

sea más pernicioso que el descenso

del sedicente Jesucristo

a los altares.

 

No me creerán

y desde aquí veo al público encogiéndose de hombros

pero el tal cristo no es más que

quien frente a la ladilla dios

ha consentido vivir sin cuerpo,

mientras un ejército de hombres

descendido de una cruz,

en la que dios creía haberlo clavado hace mucho tiempo

se ha rebelado,

y, cubierto de hierro,

de sangre,

de fuego, y de osamentas,

avanza, denostando a lo Invisible

para acabar ahí con EL JUICIO DE DIOS. (1)

 

(1) Extracto del poema radiofónico de Antonin Artaud Pour en finir avec le jugement de dieu, "Para acabar con el juicio de Dios", de 45 minutos de duración, grabado entre el 22 y el 29 de noviembre de 1947 (2), con realización de René Guinard. Este extracto lleva efectos sonoros de Artaud y Roger Blin.

(2) Fue suspendida su emisión por Radiodiffusion Française, hasta que France Culture lo emite el 6 de marzo de 1973. Un homenaje actual fue la radioperformace Cómo hacerse un cuerpo sin órganos (Aquí rugidos), como se puede curiosear a través de una entrevista o de su facebook.

poema de las máscaras

poema de las máscaras

Entra el POETA y se quita la cara.

CALAVERA DEL POETA:

Todas las máscaras bailan contra este mundo,

conspiran contra el rostro de lo igual a sí mismo,

zapan el acueducto de la vida a la muerte,

de la muerte a la vida.

Abrazan a los nombres, pronuncian a los cuerpos,

porque soy tú y por tanto tú eres otro,

por eso el mundo ya no es este mundo

ni es este rostro el nuestro

y la muerte no existe.

 

Bailan un vals las máscaras por el salón de espejos,

nuestro escenario falso, nuestro tiempo ilusorio.

Zapan el acueducto de la vigilia al sueño,

del sueño a la vigilia.

Traban la rueca lenta de los días,

parten el huso hueco de las noches,

derrocan nuestra voz. Porque eres otro,

porque eres yo y escribo tu poema,

porque somos nosotros y cualquiera,

por eso el mundo gira y está quieto

y la muerte no existe.

 

La CALAVERA DEL POETA se pone la cara.

POETA:

Era mentira.

 

Oscuro. (1)

 

(1) Poema de Álvaro Tato. Es interesante su rincón en la web del Cervantes, en especial la entrevista, donde habla de poesía oral, entre otras temas. No hay que olvidar que Coprovich le tuvo siempre una especial estima, y le consideraba, además de uno de los mejores poetas de su generación, un poeta-hermano: Tato prologó un libro de Coprovich, y además también les interesaban los mismos temas. Otro dato a destacar es la relación de ambos con el teatro. Tato forma parte del grupo de "humor y música" Ron La Lá.